SI ABRO UN CIRCO, CRECEN SÓLOS LOS ENANOS.
La crisis venezolana muta en un circo geopolítico donde la presidenta en funciones, la incombustible Delcy Rodríguez, se agarra al poder con uñas y dientes mientras la opositora María Corina Machado, exiliada y símbolo de resistencia, ejecuta un movimiento maestro: regalarle a Donald Trump el Premio Nobel de la Paz, ese trofeo de valor incalculable que nadie ha reclamado aún. No es un obsequio caprichoso; es un salvavidas simbólico en plena actualidad, donde las calles de Caracas hierven con protestas postelectorales y la comunidad internacional cuestiona la farsa del 28J. Machado, reconocida por EE.UU. y la UE como líder legítima de la oposición, usa este gesto para posicionar a Trump como artífice de la "paz democrática", atando la restauración venezolana a la agenda del reelegido presidente.
En el fondo, este "regalo" desnuda las luchas de poder en su forma más cruda. Rodríguez, con Maduro en las sombras, representa la sumisión al régimen chavista: control férreo de la Asamblea, represión selectiva y alianzas con Irán y Rusia para sortear sanciones. Machado, en cambio, apuesta por la sumisión calculada al poderoso de turno –Trump–, sabiendo que un guiño desde la Casa Blanca puede desmantelar el narcoestado. Es la estrategia clásica de la política latinoamericana: el discurso público de "soberanía" y "pueblo unido" frente a actos privados de genuflexión ante Washington. ¿Resultado? Venezuela pende de un hilo, con hiperinflación galopante, éxodo masivo y una oposición fragmentada que ahora ve en el Nobel un faro para negociar indultos y elecciones limpias.
Pero vayamos al grano: mientras Rodríguez tuitea bravatas antiimperialistas y Machado endulza oídos en Mar-a-Lago, el pueblo venezolano paga el pato de estas coreografías. Luchas de poder donde los débiles se someten al coloso, y el discurso público –lleno de Nobel ficticios– maquilla actos privados de pragmatismo cínico. Al final, ¿quién ganará la Paz? Trump, con su trofeo de cartón; el régimen, con sus maletas de dólares; o Venezuela, aplaudiendo desde las ruinas. Ja, como si el Nobel curara el hambre: solo falta que Rodríguez le regale a Putin un Oscar por "mejor dictador secundario". El telón sigue bajando sobre el mismo libreto predecible.
RAQUEL LACASTA
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