MANTAS EN DESMANTELACIÓN: LA SOLEDAD TÉRMICA.
Mientras las redes sociales se llenan de fotos idílicas –copos perfectos cayendo sobre cabañas acogedoras, familias riendo bajo mantas y tazas humeantes–, medio globo terráqueo tiembla literalmente de frío y soledad, sin más que un techo improvisado, estómagos vacíos y los pies sin zapatos.
Mientras tú subes tu selfie nevado en París, para medio mundo, esa "magia blanca" es solo otro día luchando por no congelarse en el olvido. Ahora pienso...¿foto perfecta o vida rota? Todo depende de la ubicación y de la ubicuidad de los que gobiernan.
Esa nieve que parece sacada de un cuento navideño es, para millones, sinónimo de catástrofe: en Ucrania, bajo -20 grados, refugiados huyen de escombros sin abrigos ni leña; en Yemen, familias duermen hacinadas en tiendas destrozadas por tormentas invernales; y no hay que irse muy lejos, porque en Valdemingómez, Madrid, una cadena de "favelas" al más estilo europeo se acalla entre radiales y autovías de no pasar, donde inmigrantes, gitanos y drogadictos pasan noches eternas acurrucados, contando calorías para no desfallecer, mientras los rusos y coreanos sufren incomunicación por la desinformación que les congela el alma tanto como el cuerpo sin ser conscientes ni tan siquiera de ello.
Es el gran engaño óptico del invierno 2026: filtros de Instagram que convierten la nevada en poesía, mientras la ONU alerta de 150 millones en riesgo de hipotermia por falta de recursos básicos. ¿Quién se para a pensar en el niño sirio que usa plásticos como manta, la anciana afgana que quema sus últimas páginas del Corán para calentarse, o los vecinos de Cañada Real que ven sus chabolas heladas por los cortes controlados de luz, de quien debiera prestarles cobijo?
La soledad no es solo térmica; es el abandono global, amplificado por guerras, sanciones y un cambio climático que trae inviernos más feroces a los más pobres.
Al final, el contraste duele más que el frío.
RAQUEL LACASTA
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