YO NO TE PEDÍ UNA TED TALK NI SABER SI TE PARECÍA BIEN O MAL
Por Raquel Lacasta
Salir del armario en los 80 era casi un deporte de riesgo: podías perder a la familia, a los amigos y hasta el trabajo en una sola conversación, sin anestesia y con el cura de fondo haciendo horas extra en modo exorcista emocional, porque la homosexualidad sonaba más a pecado que a persona.
Hoy, en cambio, te dicen que “está súper normalizado”, siempre que no beses a tu pareja delante de la abuela, no lo cuentes en la comida de empresa y no seas “demasiado evidente”, no vaya a ser que a alguien se le indigeste la corrección política.
La familia ha pasado de “eso en mi casa no” a “yo lo respeto, pero que no lo sufra la yaya”, y los amigos han evolucionado del chiste homófobo descarado al chiste homófobo con emoticono de arcoíris, que parece que hiere menos.
En el trabajo, el avance es espectacular: antes te escondías para no perder el empleo; ahora te ponen banderita en el logo en junio y protocolo de diversidad en PDF, mientras tú sigues haciendo el cálculo mental de si presentas a tu pareja en la cena de Navidad o mejor dices que es “un amigo”.
La gran diferencia entre los 80 y hoy es que entonces el closet era de ladrillo visto y hoy es de diseño minimalista: más bonito, más “tolerante”, pero sigue siendo un armario si no puedes ser tú sin negociar cada gesto.
Y en medio de todo, la homosexualidad sigue siendo lo mismo de siempre: personas que quieren vivir, querer y trabajar sin tener que dar una ted talk sobre su vida privada.
Qué cosa más radical, ¿verdad?
RAQUEL LACASTA
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