UN DEJÀ VU QUE ENTRA SIN PEDIR PERMISO
Por Raquel Lacasta
Hay olores que son puñales disfrazados de brisa, como aquel perfume de vainilla quemada y tabaco rubio que te envuelve de repente en una calle cualquiera y te planta en 1993, con dieciseis años y el corazón latiendo desbocado bajo un chubasquero empapado, caminando por el polígono industrial con la lluvia golpeando como lágrimas ajenas.
O esa guitarra eléctrica rasgando "Stairway to Heaven" en una radio vieja de coche, que te cristaliza el asfalto caliente del verano del 2005, el olor a asfalto recalentado mezclándose con sudor y cerveza tibia, sentado en el bordillo con los amigos que ya no están, riendo para no llorar mientras el calor te pegaba la camisa a la espalda y una duda te roía por dentro: ¿y si hubieras dicho sí a aquel viaje que cambiaste por miedo?
Es un déjà vu que no pregunta y no pide permiso, que encapsula el instante entero —el frío que calaba los huesos en aquella noche de invierno del 2012, con el viento silbando entre los bloques y las lágrimas congelándose en las mejillas mientras corrías de vuelta a casa después de una pelea que nunca se dijo del todo—, y te deja ahí, a flor de piel, con la mente reviviendo cada matiz, el alma estremecida por el eco de lo que fuiste.
¿Será que estos disparadores son capítulos sin cerrar, decisiones a medio tomar que el cuerpo guarda como reliquias, haciendo que te preguntes si esa duda que ahora te ronda —ese "y si..." que no sueltas— es solo un hilo suelto esperando que lo tires para ver si deshace el nudo o te ata más fuerte al pasado?
Nunca lo sabremos...
RAQUEL LACASTA
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