PRIMOS RICOS EN CAMINO DE CABRAS

En España, pagamos impuestos como si fuéramos el motor de Europa, con una presión fiscal que ha escalado al 38% del PIB en 2025, batiendo récords año tras año mientras la recaudación se dispara un 9% interanual. 

Y uno casi aplaude el esfuerzo colectivo, ¿verdad? Porque mientras tanto, en la España vaciada, los pueblos luchan por no convertirse en museos al aire libre, con consultorios que cierran, trenes que pasan de largo y miles de emprendedores rurales que se la ingenian en Instagram, TikTok o plataformas de VTC para facturar lo justo y poder moverse sin que el coche se quede varado en un camino de cabras.

 Es conmovedor ver a esa gente, que no merecía este abandono histórico, reinventándose con puro ingenio digital para no tener que emigrar del todo.

Pero aquí viene la gracia: de esos miles de millones que sudamos colectivamente, una buena parte se esfuma en "compromisos" exteriores, como los más de 4.000 millones en ayuda oficial al desarrollo que crecieron un 12% en 2024 , o las generosas aportaciones al presupuesto de la UE, que nos dejan como los primos ricos que invitan a la fiesta pero vuelven a casa sin postre. 

Y no hablemos de las mordidas intermedias, esas que los políticos y sus enjambres burocráticos se reparten en consultorías opacas, proyectos faraónicos que nadie fiscaliza y subvenciones que aterrizan en manos equivocadas, diluyéndose antes de llegar a asfaltar una carretera rural o conectar fibra óptica decente. 

¡Qué ironía tan refinada! Pagamos como ricos para vivir como en vías de desarrollo selectivo, mientras las víctimas de esta lotería fiscal —esos pueblos y sus habitantes heroicos— siguen esperando su turno con paciencia de santo. 

Ojalá algún día el dinero vuelva a casa entero, sin tantas paradas en despachos con vistas. 

RAQUEL LACASTA

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