LA BANALIDAD DEL MAL EN LA ERA DIGITAL
Por Raquel Lacasta
La banalidad del mal, acuñada por Hannah Arendt al analizar el juicio de Adolf Eichmann en 1961, no era un elogio a la mediocridad del nazi, sino una advertencia demoledora: el mal más atroz puede nacer de la banalidad más cotidiana.
Eichmann, un burócrata gris de la maquinaria nazi, no era un monstruo de película, un genio del odio o un fanático poseído por una ideología demoníaca; era un tipo anodino, obsesionado con su ascenso profesional, que repetía frases hechas como "era solo mi trabajo" y firmaba órdenes de deportación masiva a campos de exterminio sin cuestionarlas, porque eso implicaba pensar por sí mismo.
Su maldad radicaba precisamente en esa vacuidad: la incapacidad o negativa a ejercer juicio moral propio, la sumisión ciega a la cadena de mando, el conformismo que convierte al engranaje humano en extensión de la máquina totalitaria.
Arendt lo vio claro en Jerusalén: Eichmann no odiaba a las víctimas por un rencor visceral, sino que las veía como números en un organigrama logístico, optimizando trenes y cuotas de muerte con la eficiencia de un contable que cumple horarios.
Esa "banalidad" aterra porque la hace accesible a cualquiera: no se necesita ser un genio del mal, basta con no pensar, con repetir consignas prefabricadas, con priorizar la carrera sobre la conciencia y con deshumanizar al otro hasta que el genocidio se reduce a papeleo rutinario.
Hoy, cuando vemos redes sociales llenas de "likes" a discursos tóxicos, funcionarios que sellan políticas injustas sin parpadear o ciudadanos que aplauden medidas absurdas por miedo al qué dirán, la lección de Eichmann resuena más que nunca: el mal banal no grita, susurra en la comodidad de no cuestionar, como si los ríos de redes ya trajeran impuesto el pensamiento.
Y ahí radica su poder corrosivo, porque transforma a la masa en cómplice silenciosa, no por maldad intrínseca, sino por pereza moral.
Que Eichmann muriera en la horca no exorcizó su banalidad; la dejó como espejo incómodo para todos nosotros.
RAQUEL LACASTA
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