¿HAS BAJADO HOY AL QUIOSCO?
Por Raquel Lacasta
Imagina esa escena clásica del gitano del organillo en público, con su muleta en una mano y la cabra pastando a su lado mientras la mujer recogía cuatro monedas del suelo para comprar pan; un oficio humilde, de supervivencia diaria, que ya parece de otra época.
Igual que en Manolito Gafotas, donde el barrio vibraba con el quiosquero gritando titulares, el zapatero remendando suelas con dedicación monacal, los apiladores montando pilas perfectas de fruta en el mercado o el sastre midiendo trajes con regla y paciencia infinita.
Esos oficios —el quiosco con su olor a papel recién impreso, el zapatero que conocía tus pasos por el desgaste de los tacones, los apiladores que convertían el caos en orden visual, los sastres que cosían historias en cada puntada— se desvanecen como humo de tabaco en la calle.
Los grandes supermercados, las apps de reparto y las cadenas low-cost los han mandado al olvido, dejando barrios huérfanos de esa vida analógica que daba identidad.
Y aquí viene la crisis de éxito de la digitalización: hemos ganado comodidad infinita, pero a costa de millones de empleos evaporados en la nube.
La IA ahora remienda código en segundos, apila datos virtuales y "cosen" imágenes perfectas sin manos humanas; mientras, las adicciones digitales —scroll eterno, notificaciones como droga— nos atrapan en un bucle que muchos comparan con el fentanilo de la era moderna: dosis rápidas de dopamina que prometen éxtasis, pero dejan cuerpos vacíos y comunidades rotas.
¿Vale la pena un mundo sin quioscos si el precio es una generación enganchada a pantallas, sin oficio ni mirada al vecino?
Quizás sea hora de bajar al quiosco... si aún queda alguno abierto.
RAQUEL LACASTA
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