DE LOS QUINQUIS A LOS CÓMPLICES SILENCIOSOS
Por Raquel Lacasta
Los quinquis de los 80 eran delincuentes analógicos, crudos y visibles: adolescentes de barriadas como Vallecas o La Elipa, robando Seat 127 a navajazos, atracando bancos con pasamontañas hechos en casa y consumiendo heroína en portales mugrientos.
El Jaro, El Torete o El Vaquilla no ocultaban su caos —era un crimen de subsistencia, con motos tuneadas rugiendo por calles sin ley, inmortalizado en películas que romantizaban la marginalidad mientras España digería la Transición con más paro que esperanza.
Pero esa delincuencia callejera ha mutado en algo más sofisticado y ubicuo: la corrupción sistémica de hoy, donde casos como Koldo-Ábalos, hidrocarburos o el hermano tonto en Badajoz, suman decenas de investigaciones que devoran presupuestos públicos como un impuesto oculto sobre el ciudadano.
Ya no hay cuchillos ni motos; ahora son contratos amañados, mordidas en Ferraz y tramas que dejan 3.743 casos entre 2000 y 2020, con Andalucía y Valencia como epicentros de urbanismo salvaje y malversación.
Y aquí la idea central: todos somos delincuentes de alguna manera, o al menos cooperadores necesarios y cómplices por omisión. El Código Penal lo deja claro en su artículo 28: quien presta una ayuda indispensable sin la cual el delito no se comete es autor pleno; mirar para otro lado, votar en silencio o consumir servicios públicos sabiendo que están podridos te convierte en encubridor doloso.
En 2026, con PSOE y PP acorralados por juicios a exministros y secretarios de organización, el mero hecho de pagar impuestos y callar ante el saqueo te hace parte del engranaje —un quinqui moderno, pero con traje y app de banca.
¿Somos víctimas, o el cemento que la sostiene?
El quiosco ya no grita titulares; ahora los lees en tu móvil, cómplice de tu propia factura.
RAQUEL LACASTA
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