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ESPERANDO UN TREN QUE NUNCA LLEGA

Por Raquel Lacasta  Hay trenes que esperamos como si en ellos viajara la respuesta a todo.  Sabemos, en el fondo, que no van a llegar. Lo sentimos en esa voz bajita que todos llevamos dentro —ese “Pepito Grillo” que intenta advertirnos mientras nosotros miramos obstinadamente las vías vacías. Aun así, seguimos ahí: mirando el reloj, convencidos de que si esperamos un poco más, tal vez ocurra el milagro. Pero la vida no siempre funciona así.  A veces el tren ya no pasa, y quedarse esperando solo nos roba la oportunidad de descubrir nuevos destinos. Soltar no siempre es perder.  A veces, es la forma más honesta de decirnos: “mereces subirte a otro tren, en otro andén, hacia un lugar donde sí que te esperan.” ¿Cuál será tu próxima parada? RAQUEL LACASTA

EL TRIANGULO DE PASCAL: MAXIMIZAR PROBABILIDADES REQUIERE DIVERSIFICAR RIESGOS.

Por Raquel  El Triángulo de Pascal es esa joya matemática donde cada número emerge de sumar los dos de arriba, formando pirámides perfectas de coeficientes binomiales que calculan probabilidades con precisión quirúrgica: la fila n-ésima te da las opciones exactas de éxito o fracaso en [ \binom{n}{k} ] eventos, como lanzar una moneda n veces y acertar k caras. Pero vayamos más allá: cada decisión en la vida es un salto por ese triángulo, ramificándose en infinitas trayectorias posibles donde el "éxito" —ese trabajo soñado, esa pareja estable, ese riesgo que sale bien— no es puro azar, sino la suma de elecciones previas que acumulan probabilidades a tu favor o en contra. Imagina tu vida como una binomial expandida: en la fila 1 eliges "sí" o "no" al primer gran paso (estudiar Derecho o lanzarte al negocio VTC); en la fila 2, cada opción suma con la anterior, multiplicando caminos —familia temprana o carrera soltera, Oviedo estable o Madrid caótica— hasta que...

UN DEJÀ VU QUE ENTRA SIN PEDIR PERMISO

 Por Raquel Lacasta Hay olores que son puñales disfrazados de brisa, como aquel perfume de vainilla quemada y tabaco rubio que te envuelve de repente en una calle cualquiera y te planta en 1993, con dieciseis años y el corazón latiendo desbocado bajo un chubasquero empapado, caminando por el polígono industrial con la lluvia golpeando como lágrimas ajenas.  O esa guitarra eléctrica rasgando "Stairway to Heaven" en una radio vieja de coche, que te cristaliza el asfalto caliente del verano del 2005, el olor a asfalto recalentado mezclándose con sudor y cerveza tibia, sentado en el bordillo con los amigos que ya no están, riendo para no llorar mientras el calor te pegaba la camisa a la espalda y una duda te roía por dentro: ¿y si hubieras dicho sí a aquel viaje que cambiaste por miedo?  Es un déjà vu que no pregunta y no pide permiso, que encapsula el instante entero —el frío que calaba los huesos en aquella noche de invierno del 2012, con el viento silbando entre los bloque...

YO NO TE PEDÍ UNA TED TALK NI SABER SI TE PARECÍA BIEN O MAL

Por Raquel Lacasta  Salir del armario en los 80 era casi un deporte de riesgo: podías perder a la familia, a los amigos y hasta el trabajo en una sola conversación, sin anestesia y con el cura de fondo haciendo horas extra en modo exorcista emocional, porque la homosexualidad sonaba más a pecado que a persona.  Hoy, en cambio, te dicen que “está súper normalizado”, siempre que no beses a tu pareja delante de la abuela, no lo cuentes en la comida de empresa y no seas “demasiado evidente”, no vaya a ser que a alguien se le indigeste la corrección política.  La familia ha pasado de “eso en mi casa no” a “yo lo respeto, pero que no lo sufra la yaya”, y los amigos han evolucionado del chiste homófobo descarado al chiste homófobo con emoticono de arcoíris, que parece que hiere menos.  En el trabajo, el avance es espectacular: antes te escondías para no perder el empleo; ahora te ponen banderita en el logo en junio y protocolo de diversidad en PDF, mientras tú sigues hacien...

HUYENDO DEL HERCULES CON ESTEROIDES

Ser hombre hoy es remar contra dos mares: el real, con facturas que no esperan y turnos que no acaban, y el digital, donde likes falsos y filtros perfectos te miden como a un producto en saldo. Doble Turno Invisible Cargas el mundo en los hombros —hipoteca, niños, trabajo a las seis de la mañana— mientras las redes te gritan que no eres suficiente: ni lo bastante rico, ni tatuado, ni viral.  Poetizando iconos que se alejan de la realidad, como Hércules con esteroides de Instagram o el lobo de Wall Street que en verdad es un lobo solitario en un piso compartido. La presión social te pide gritar tu fuerza, pero el hombre verdadero la guarda en silencio, en el callo de las manos y la palabra que no hace falta. Mujeres, el Filtro Maduro Aquí entra el papel de la mujer sabia: escoger no al que presume en stories ni al que mide su hombría en seguidores y likes, sino al que es fuerte por sí mismo. Ese que no necesita alfombras rojas ni likes para sostener una familia, porque su raíz no pi...

DE LOS QUINQUIS A LOS CÓMPLICES SILENCIOSOS

 Por Raquel Lacasta  Los quinquis de los 80 eran delincuentes analógicos, crudos y visibles: adolescentes de barriadas como Vallecas o La Elipa, robando Seat 127 a navajazos, atracando bancos con pasamontañas hechos en casa y consumiendo heroína en portales mugrientos. El Jaro, El Torete o El Vaquilla no ocultaban su caos —era un crimen de subsistencia, con motos tuneadas rugiendo por calles sin ley, inmortalizado en películas que romantizaban la marginalidad mientras España digería la Transición con más paro que esperanza. Pero esa delincuencia callejera ha mutado en algo más sofisticado y ubicuo: la corrupción sistémica de hoy, donde casos como Koldo-Ábalos, hidrocarburos o el hermano tonto en Badajoz, suman decenas de investigaciones que devoran presupuestos públicos como un impuesto oculto sobre el ciudadano. Ya no hay cuchillos ni motos; ahora son contratos amañados, mordidas en Ferraz y tramas que dejan 3.743 casos entre 2000 y 2020, con Andalucía y Valencia como epicent...

¿HAS BAJADO HOY AL QUIOSCO?

 Por Raquel Lacasta Imagina esa escena clásica del gitano del organillo en público, con su muleta en una mano y la cabra pastando a su lado mientras la mujer recogía cuatro monedas del suelo para comprar pan; un oficio humilde, de supervivencia diaria, que ya parece de otra época.  Igual que en Manolito Gafotas, donde el barrio vibraba con el quiosquero gritando titulares, el zapatero remendando suelas con dedicación monacal, los apiladores montando pilas perfectas de fruta en el mercado o el sastre midiendo trajes con regla y paciencia infinita. Esos oficios —el quiosco con su olor a papel recién impreso, el zapatero que conocía tus pasos por el desgaste de los tacones, los apiladores que convertían el caos en orden visual, los sastres que cosían historias en cada puntada— se desvanecen como humo de tabaco en la calle. Los grandes supermercados, las apps de reparto y las cadenas low-cost los han mandado al olvido, dejando barrios huérfanos de esa vida analógica que daba ident...